Desde hace más de 20 años vengo escuchando que el valor que tienen los ecosistemas y la biodiversidad es incalculable. En 1998 en la Cumbre de Río concluimos que había que parar el deterioro de los ecosistemas y de la biodiversidad, sin embargo hace unos días Naciones Unidas nos ha advertido que está sucediendo todo lo contrario, que el planeta está sufriendo una rápida y preocupante degradación que tendrá graves repercusiones en el bienestar humano.
Lo cierto es que en estos últimos años hemos tenido un problema más urgente y quizás para nuestra percepción mucho más cercano: el cambio climático. Pero ahora tenemos que hacer frente como políticos, empresarios y ciudadanos a una nueva revolución silenciosa, la del deterioro de nuestro entorno. Para ello tenemos que sentar las bases de la importancia de los ecosistemas y la biodiversidad y en nuestro mundo esto no pasará si no le damos un valor de mercado a los servicios que nos presta la naturaleza- agua potable, suelo fértil, pesca, biodiversidad biológica, retención de CO2, etc.
Esta es nuestra dificultad de partida, la intangibilidad de su valor, por lo tanto el mayor problema al que nos enfrentaremos para racionalizar el uso de estos servicios es el de dotarles de razones económicas que fomenten por parte de los estados, las empresas y el mundo financiero la conservación de los mismos.
Dotar de un valor económico a los servicios que nos ofrecen los ecosistemas es fundamental para valorar en su justa medida nuestras acciones futuras y para implicarnos a todos. Según un informe de una consultora independiente, Trucost, que ha propuesto un modelo de valoración del impacto ambiental de las empresas, las 3.000 mayores empresas del mundo habrían provocado daños a los ecosistemas por valor de 2.2 trillones de US$ en 2008, lo que supone el 30% de todos sus beneficios. Pero no son sólo ellos los que nos señalan los números rojos de nuestras acciones, según el informe liderado por Swiss Re, la adaptación a los riesgos provocados por el cambio climático van a suponer un coste del 19% del PIB nacional en 2030 y recomiendan invertir en la conservación de los servicios de los ecosistemas como un modo de disminuir las consecuencia del cambio climático y poder gestionar mejor los riesgos asociados.
Ante estos datos ¿cuál debería ser la respuesta desde el mundo de la empresa? Desde mi punto de vista la respuesta debe estar basada en tres principios: la huella ecológica, la innovación y la transparencia.
Valorar bajo otro prisma los productos y servicios va a suponer importantes cambios en el modo que tenemos de hacer las cosas a lo largo de toda nuestra cadena de valor. Es muy probable que en los próximos años nuestro indicador de cabecera sea al huella ecológica de nuestros productos y servicios, lo que nos dará una idea de cómo nuestros negocios son dependientes de los recursos y los servicios de los ecosistemas y además de como nuestras acciones impactan en ellos.
Disminuir esta huella no solo dependerá de lo buenos que seamos detectando ineficiencias y solventándolas, sino que también va a depender de nuestra capacidad de innovar. Es aquí donde encontraremos más y mayores oportunidades de negocio. La naturaleza es una fuente inagotable de conocimiento e innovación que no hemos ni tan siquiera comenzado a explotar.
Y por último, deberemos ser capaces de comunicar al mercado de forma transparente y traducida a un lenguaje financiero nuestros logros, de tal manera que los mercados valoren estos nuevos activos empresariales a largo plazo.
Pero ni las empresas ni los mercados van a modificar sus comportamientos de manera inmediata sino partimos de un impulso por parte de los gobiernos y hasta ahora el impulso para que los mercados trabajen a favor de la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad no se ha dado. Por tanto su actuación es ya una actuación de urgencia basada en: dotar de valor a los ecosistemas y regular que los mercados financieros la incluyan, desarrollar una nueva contabilidad nacional que incluya el valor ecológico de su patrimonio y ajustar los impuestos y las subvenciones a esta nueva realidad.
2010 es el año de la biodiversidad, pero ¿será el año en el que sentemos las bases para detener su deterioro?
Cristina García-Orcoyen.
Directora Gerente de Fundación Entorno-BCSD España.