Empresas "sin alma".
Es verdad que hoy en día esta expresión va cayendo en desuso, a medida que los negocios se hacen globales y que la toma de decisiones se dispersa en un conjunto de profesionales que a veces sólo se llegan a conocer mediante las tecnologías de la virtualidad. Así y todo hay personas todavía a las que se alude como el alma de determinados negocios de éxito.
Sin embargo nunca, al menos yo nunca he escuchado y creo que tampoco he hecho comentario alguno sobre el alma de una empresa, refiriéndome, en sentido literal, a los valores de la institución como un todo que le dota de un alma propia, patrimonio de la propia institución, que trasciende a las personas que la han liderado o lideran en el presente. Estamos acostumbrados a ver las empresas como máquinas organizadas en torno a la consecución de unos objetivos materiales, la venta de bienes o servicios.
La aplicación del concepto de RSC ha dado pié en los últimos años a una interesante transformación hacia un nuevo modelo conceptual de la empresa como una máquina con mente. Es decir, la empresa inteligente, que piensa en clave de comunicación con la sociedad y confiere a su actividad atributos y valores de sostenibilidad.
Sin embargo, muy pocas compañías, como señala Richard Barret en su libro ‘La empresa con alma’, están evolucionando hacia el modelo de una compañía viva, que trasciende su propio interés y se orienta hacia el bien común. Y esto, aunque se pueda hacer una declaración de intenciones casi creíble, es muy difícil de lograr.
En una época como la que estamos viviendo en la que los escenarios y mercados cambian a velocidad de vértigo, la búsqueda del beneficio se complica y el bien común se mezcla y confunde con éste de forma a veces peligrosa.
Cuando una empresa prescinde de golpe y porrazo de un gran número de sus empleados, por mucha readaptación que se vea obligada a hacer debido a las condiciones del mercado, hay algo que está fallando en su "alma", es decir en su sentido de estar y permanecer orientada hacia el bien común.
En estos casos la confianza, la productividad y la creatividad de la mayor fuente potencial de competitividad del negocio, que son sus empleados, cae en picado. Según Barret la productividad decrece y la moral se desploma en más del 72% de las compañías que reducen drásticamente sus plantillas. Y lo que es más alarmante, en un momento en que se atribuye tanta importancia para salir de la crisis a la retención y desarrollo del talento, los mejores, los más capacitados de estas compañías empiezan a pensar en cambiar de empresa, ya que pierden motivación, confianza y seguridad.
La conveniencia de destinar más recursos económicos y humanos a determinadas áreas geográficas que representan prometedores mercados para ciertas compañías, no debería condicionar la reducción drástica y en números alarmantes de sus plantillas en otros lugares, sobre todo cuando se trata de la "cuna" del negocio.
La RSC empieza por dentro y, en mi opinión, exige aplicar la mejor visión y estrategias posibles, que permitan, mediante la innovación y la creatividad desarrollar las capacidades de los empleados hacia nuevos aspectos del negocio, de forma que sus expectativas profesionales queden alineadas con "el alma" de la compañía.