Se llama Antonia, es viuda y tiene desde hace 50 años una tienda de comestibles en Ciudadela. Todas las mañanas poco después del amanecer abre para recibir los productos que los payeses le llevan para vender.
Antonia va repartiendo los tomates, calabacines, lechugas, pimientos, melones, sandías, patatas y un largo etcétera de productos de la huerta, que varían según la estación, en diferentes cubos colocados en el suelo. Cuatro para los tomates, tres para los pimientos, las patatas en solo dos, y así hasta ir colocando por separado los productos de cada payés, que llegan a los cubos todavía con una fina película de rocío pegada a la piel.
Cuando vas a pagar Antonia pregunta invariablemente "¿de qué cubo lo ha cogido?" y tú señalas uno y luego otro y ella va apuntando en unas cuartillas , que tiene cogidas con un clip encima del mostrador , al lado del figat –exquisito dulce de higo- , la sobrasada o el queso fresco, la cantidad y el importe de lo comprado. Cada cuartilla corresponde a un payés.
Sin ordenador, ni máquina registradora, ni calculadora, Antonia hace las cuentas a lápiz con rapidez y precisión.
Para mí es un placer difícil de explicar ir cada mañana a la tienda de Antonia sin saber si se habrán agotado ya las lechugas o si tendrá de nuevo esos espárragos silvestres tan ricos o esas judías verdes que no necesitan pelarse de lo tiernas que están.
Acercarme a los cubos repletos de una justa abundancia para elegir en ellos la comida del día, me llena de alegría.
Tocar los aromáticos melones, sopesar el peso de la sandía, elegir esas pequeñas prunas exquisitas para hacer una coca o simplemente disfrutarlas en la playa…todo ello constituye un pequeño rito que devuelve a los alimentos algo del carácter mágico y sagrado de la antigüedad, además de constituir un ejemplo modesto pero claro ejemplo de sostenibilidad.
Esta mañana Antonia tenía una mala noticia para todos los que amamos su tienda y la forma de vender sus productos: quiere jubilarse.
Todo el día me venía la noticia a la cabeza ; se me hace difícil pensar en el placer de mis compras matinales sin él paso obligado por su tienda.
Si cierra su negocio también se cerrará una pequeña ventanita en mi corazón, tal vez por la que, sin ser consciente de ello, me asomo todos los días a los veranos de mi infancia en otro lugar, otro pueblo, éste al norte de España, donde no estaba Antonia, pero si Menchu, quien también vendía de forma similar los productos que bajaban de los caseríos.
En el último año se han cerrado uno de cada tres pequeños comercios de la isla debido a la crisis, seguramente Antonia también la está notando y ha sido el empujón para dejar el negocio.
Al menos me ha dicho que este verano no será. Esto ya es un respiro. Quién sabe, tal vez se vuelva atrás, tal vez algún familiar se quede con ella…o tal vez venga un inglés cansado de la lluvia y quiera echar raíces en esta tierra preguntando "From what bucket have you taken the tomatoes?"